Estar malo
Por Mario el 11 de Marzo de 2009
Llevo tres días levantándome jodido con un catarro y creo que a causa de no pensarlo demasiado me he puesto a escribir.
Es acojonante el poco respeto que planteamos a la propia salud. Tendríamos que alardear más del hecho de que nuestros cuerpos funcionen tan bien el resto del tiempo, a pesar de lo mal que los cuidamos.
El primer día me costó darme cuenta de que estaba malo. No sólo por el hecho de tener que haber llamado a mi madre para que ella me recordara que hay días en los que a uno puede apetecerle no hacer nada, sino porque la falta de fuerzas se hacía patente no sólo en el campo de las empresas y las ilusiones, sino en la inclunación a levantarme de la silla para ir al váter.
El segundo día me levanté bastante más cabreado que el primero. Ya no era por desorientación, sino por una gran sensación de impotencia para solucionar las goteras que tenía en ojos y nariz y la incipiente inflamación de garganta.
El segundo día y el tercero los hubiese disfrutado más intentasamente de no haber estado en desacuerdo con mi enfermedad, ya que mi catarro me estuvo proporcionando durante dos días una gratuita pseudo-fumada goteante, que impedía a mi cerebro centrarse en cosas complejas o fijarse con demasiada dedicación en las gilipolleces que alguien pudiere estar diciéndome.
Entonces comprendí que debía dedicarme un poco de tiempo. Que era una cosa importante a la par que urgente, aunque esto último depende de las preferencias de cada cual.
Y sentado enfrente de un portátil, a la luz del flexo, envuelto en un jersey y una bata, escucho música con mis cascos grandes mientras símplemente, no hago mucho. ¿¡Qué coñe!? Me estoy curando. Algo que nadie va a hacer por mi.
Me acuerdo de cuando era (más) pequeño. Mi madre era la encargada de identificar mis catarros: de prohibirme moverme de la cama y traerme el desayuno para que no me enfriase. Y lo más cojonudo es que a veces me sentía culpable y pensaba que me quejaba demasiado, que podría ir al colegio igualmente, que no era para tanto.
Ahora, en mi casi vigésimo año de vida, soy yo el que se da cuenta de que en la biblioteca soy un zombie, en la facultad no presto antención ni a mis propios pensamientos y en casa apenas tengo ganas de hacer nada, cuando normalmente me faltan horas para invertir todas esas ganas.
No entiendo a qué ha venido este catarro, pero tampoco pretendo entenderlo. Todo tiene una explicación biolóigca que se apoya en casualidades de hechos fisico-químicos. Tampoco sé si ha sido psicosomático, no tengo una razón muy obvia para querer ponerme malo, pero ahora mismo, me ha venido de puta madre. He hecho unos cuantos flashbacks, me he acordado de lo que se debe estimar la salud de uno, el rendirse culto de vez en cuando (me refiero a desconectar de todo, no solo de lo ‘malo’)
La cantidad de horas que tiene el día. Y qué bien las dormimos en el subconsciente para que el reloj pase más rápido, tome decisiones por nosotros y el día sea más corto. un día y UN DÍA: Son lo mismo, pero tienen múltiples duraciones. Me lo apunto.
Un goteante Mario.
TORRES Y MAS TORRES
Por jlmellado el 28 de Febrero de 2009
Siempre me llaman la atención las palabras y su etimología. Y de qué manera, algunos de los tesoros que nos enseñaron, con el paso del tiempo y el manoseo acaban perdiendo su primitivo sentido. La palabra “pueblo” viene del latín “populus”, con el que los romanos se referían al conjunto de los ciudadanos. El discurrir de la historia acotó ese término para nombrar no tanto a la totalidad de dicho conjunto como a su parte menos favorecida; el pueblo raso, del que quedaban excluidos los poderosos. Se apelaba con ese vocablo a lo despreciable, lo más bajo. Hasta que posteriores ideologías, más progresistas, dieron en rescatar su significado original, otorgándole además un nuevo estatuto y un cierto prestigio. En este país, y sobre todo desde el día en que se abrieron las urnas -y resultó ser verdad que el voto de los poderosos ya no era suficiente para obtener el mando-, ha habido que aprender ciertas artimañas para conseguir la ansiada complacencia –voto- de la mayoría no privilegiada. El declive de los conceptos propios del clasismo más rancio y radical fue propiciando el hecho actual de que la sola mención de la palabra “pueblo” funcione como un talismán para ganar la simpatía ciudadana. Todo aspirante a su parcela de dominio dice actuar siempre en nombre del pueblo, lo cual no sólo es falso, sino trasnochado y vergonzoso. El término “popular” ya ha perdido definitivamente el sentido vanguardista que una vez tuvo.
Asistimos a una importante crisis de “los Populares”, que, como su propio nombre contraindica, no creo yo que sean muy del pueblo; más bien, a muchos de ellos les horrorizaría que les vieran como tales. Esta crisis de gentes tan poco “gente” (y fíjense que no me refiero a los votantes sino a los integrantes y cabezas o cabecillas) nos desvela el desmoronamiento de los paladines de la moral convencional, de los valores tradicionales; los que no hace mucho tiempo se tenían como gente de orden y bienpensante.
Y en el orden internacional está ocurriendo lo mismo con la maldita moral capitalista; los grandes financieros, el presidente de la bolsa americana, los recatados banqueros, las gentes de bien… torres y más torres que se van desmoronando, revelando en medio del estruendo su miseria más descarnada y su más cierta y obstinada intención: la depredación. Y estos indecentes traficantes de vidas, de crisis, de armas, de fronteras y de riquezas, se ven amparados por toda una ideología, por toda una moral anclada en la creencia de que sin Dios, no es posible la existencia. No, no vayan a creer que me refiero a todos los creyentes, no, que a ésos les tengo un respeto absoluto. Pero a estos “capos” que se esconden tras la fe y la curia religiosa, sólo les profeso el desprecio. Por alguna razón, no sé si oscura o de una claridad cegadora, los jerarcas de la iglesia siempre estuvieron con el poder; es más, durante mucho tiempo y en muchos tiempos, ellos mismos lo ostentaron, repartiéndoselo en lo social, lo político y lo económico. Todo bajo el control del miedo a lo terrenal y a lo divino.
Luego, al cobijo de los depredadores más recalcitrantes y rancios se apilan los pactistas; los que les hacen el caldo gordo a los más gordos, y se les someten por un pequeño reconocimiento, por unas pocas monedas; los comemierdas sin paliativos, aunque esté feo decirlo, que culean por un: “Buenos días D. Fulano, ¿qué le pongo?” Carlitos Marx los llamaba “el lumpenproletariado”.
Pero se les va viendo a todos ellos el plumero; caen, caen las torres de la moral, en medio de tráfico de influencias, de espionajes, de depredación financiera. Van cayendo las chisteras de unos, las mitras de otros y los gorros de lacayos de los “lumpen”; va cayendo la máscara de “lo popular”.
Pero claro que habrá una revolución, y será la de la honradez, la de los que sostuvieron unos principios sin necesidad de dioses, patrias y amos, sin necesidad de refugiarse en una lívida y cobarde moral. Se sostuvieron por su propia dignidad, sin pensar en que les correspondería un pedazo de cielo, ni terreno, ni divino, ni nada
HABLEMOS DE SEXO
Por jlmellado el 14 de Febrero de 2009
Una amiga, mujer de un amigo, (ambas cosas son ciertas; lo aclaro porque en tiempos de confusión hay una errónea tendencia a creer que las amistades se traspasan por el simple hecho de compartir catre o licencia matrimonial) me señalaba el otro día que me notaba un poco airado en las cosas que escribía; me sugirió hacerlo, por qué no, de algo tan grato como el sexo. Esta mujer, este pedazo de mujer se ha enfrentado en los últimos tiempos a un difícil trance, manera más o menos discreta o pulcra de expresar que ha tenido que lidiar con la muerte para derrotarla, en una edad en la que no le correspondía. Después de este capítulo, en el que ha empleado todas las armas a su alcance (físicas, químicas y psíquicas) le queda, por fin, la vida. Y básicamente el sexo es eso: la vida.
Aunque es cierto que presenta no pocas complicaciones. Sexo. La propia palabra nos previene ya de la dificultad de encararlo. Cuando lo nombramos un leve sonrojo nos azota: como si no se le pudiera mirar de frente, lo mismo que al sol, la muerte y la libertad; conceptos que nos traspasan, que nos taladran en lo más ignoto, en lo más primigenio y profundo.
Claro está; el sexo es la vida. Pero también es parte de la muerte. “Sexo” viene de “secare”; o sea, cortar, diferenciar, separar. Y la separación es el inicio del camino de la muerte: dos gametos, dos cosas diferentes abocadas a morir en la desigualdad, en la asimetría. Poco tiene, pues, que ver el sexo con aquella cursilada de “la media naranja”. No hay medias naranjas, sólo naranjas completamente dispares, sin posibilidad alguna de fusión, de pacificación; ésta es, por definición, imposible. Y en eso reside la grande del sexo; en que nos permite siempre volver en su busca; seguir y seguir hasta la muerte; bien desde la práctica, bien desde la renuncia; pero con él siempre presente, siempre determinante. Cuando el genial psicoanalista francés J. Lacan nos dice que no hay “relación sexual”, justamente se refiere a eso; no existe la posibilidad de conciliación entre dos seres sexuados, pero sí la de seguir insistiendo, precisamente desde esa pequeña cuota de insatisfacción. Es grande el sexo; es imposible. Como nos recuerda el mismo autor, refiriéndose al amor (cosa que aún no tengo yo claro que sea distinta del sexo): “amor es dar lo que uno no tiene a alguien que no es”.
Y mi amiga, con todo su saber, (porque la sabiduría es el arte de distinguir lo urgente de lo importante) va y me dice, recién llegada de su viaje por la muerte, que -por favor- escriba de sexo. Y eso estoy haciendo; no sólo para complacerla y animarle a seguir pensando en un imposible tan divertido y tan poco cansino, sino para recordarme a mí mismo, aprovechando el tirón, que siempre puedo encarar la vida y la muerte y que, tanto el amor como el sexo (si es que son cosas diferentes, insisto) me ayudan a preguntarme sobre las dos.
Quizá alguno de ustedes se pregunte cómo es que no he mencionado en ningún momento conceptos o palabras como “orgasmo”, “clítoris”, “punto g”, “pene”, “eyaculación”… Pues yo respondo raudo: porque no haría más que distraernos de lo que verdaderamente es importante. Y, seguramente, con tanto clítoris y tanto pene, nos sonrojaríamos sin prestar la necesaria atención a lo grande del sexo. Y es que el sexo es una pregunta, un interrogante que nos precipita en el hallazgo de la vida y en la incógnita de la muerte… Hagamos sexo mientras vivamos: como sepamos cada uno de nosotros: legal, indecente, impúdica, casta, ausentemente; como sepamos, ya digo. Y, eso sí, siempre con nuestro pleno consentimiento y desde nuestro propio deseo.
Cuando hablamos de sexo, en cierto modo lo practicamos; porque, aunque cueste creerlo, (en eso la moral convencional ha contribuido mucho) el sexo poco o nada tiene que ver con lo animal (como las voces religiosas proclaman) El sexo para el ser humano es, sobre todo, un hallazgo de la cultura que ha rebasado los límites del instinto. Lo de los animales es otra cosa; de hecho, no tiene ni nombre.
SER MADRE
Por jlmellado el 30 de Enero de 2009
Resulta un poco insólito que yo me ponga a escribir sobre algo que en principio me cae tan lejano e incomprensible como es el hecho de ser madre; así que trataré de hacerlo acerca del único aspecto con el que me puedo permitir una licencia semejante: la función de madre. Y lo hago desde el respeto y la admiración a quienes representan más a menudo tal función; las mujeres, las que son madres. Porque no siempre ese puesto lo encarna la madre biológica o adoptiva; muchas veces tal papel lo desempeña, puntualmente, el vecino del quinto, la panadera, o el mismo padre.
Ser madre trasciende al hecho biológico; está por encima de lo que una insistente biología nos presenta como un asunto, muchas veces, de puro azar. Ser madre compromete instancias complejas, lugares que permiten que el ser humano se perpetúe con cierta dignidad y un mínimo de seguridad y coherencia. Roff Carballo dice que el ser humano es un ser “biuterino”, en la medida en que pasa de un útero materno a otro social. Yo sin embargo, creo que ese útero social del que Carballo habla, está encarnado, en primera instancia, también por la madre, por el mismo personaje que lleva, como prolongación de su ser, de su anatomía, y durante nueve meses a ese cachorro humano. Ser madre no es un hecho fácil, es de una extrema complejidad. Ser madre requiere, de entrada, un deseo, que transita por todo el ser mujer. Se es hijo de un deseo inconsciente que, a veces, coincide con una expectativa de la conciencia. Pero es fundamental entender que no existen hijos no deseados. Ser madre requiere un esfuerzo y un nivel de trascendencia únicos, a la vez que unas cuotas de goce, de aprendizaje y de satisfacción inauditos. Ser madre implica dar más importancia a la vida de un hijo que a la propia,.lo cual es, paradójicamente, un acto de afirmación personal, de deseo individual y de protagonismo inigualable…, aunque se nos haya presentado como forma de única generosidad, de amor desinteresado..
Ser madre viene dado en las más diversas maneras de lazos; desde los más simples y anudados a lo natural-biológico, como la nutrición o la protección, a los mucho más complicados, como la transmisión del amor y el erotismo, o la de la separación o certeza de la muerte. A partir de esa primigenia relación dual, ocurre también la incorporación del tercero, la aparición de la función paterna. Se podría decir que es la madre la que presenta al padre y le hace tal, incluyéndole en el difícil trance de los límites y de la grey: la pertenencia a lo igual y la presencia de un Nombre que inaugurará la posibilidad de lo diferente.
Ser madre convoca todas las instancias que nos anudan a la historia, a la biografía y a la cultura: desde la mitología a la naturaleza, desde los personajes de cuento a las flores de los campos, los paseos en bici y las frías aguas, el estruendoso ruido y el dulce son, las comidas rechazadas y los manejares añorados, el plácido sueño y el llanto desgarrado, la risa desmedida y los primeros aleteos de las manos… pero no como algo cursi, ni ñoño, sino como algo vital e imprescindible para convertirnos en sujetos. He escuchado muchas veces la frase esa de:”qué suerte tienes con tus hijos”. No, señores, no es una cuestión de suerte, no es fruto del puro azar; es la insistencia de mujeres (algunas que yo conozco y de las que doy fe) que han invertido su deseo y su dedicación a lo incondicional de esa función. El resultado se evidencia cuando uno contempla hijos tan maravillosos que son capaces de disentir, de equivocarse, de sostener su imperfección y sus dudas, sabiendo desde su fuero interno que lo son porque un deseo de ser madre lo permitió.
Mi gratitud, mi absoluto respeto y mi admiración a esas mujeres.
“Menos tu vientre todo es confuso… menos tu vientre todo es oculto… menos tu vientre todo es oscuro. Menos tu vientre claro y profundo” (Miguel Hernández)
MONARQUÍAS
Por jlmellado el 17 de Enero de 2009
De todas las monarquías que conozco, a mí las que siempre han gustado son ésas mágicas que vienen en Navidad –aunque no le perdono a ésta que usurpara en su día el tiempo y el protagonismo al antiguo rito pagano de la celebración del “Solsticio de Invierno”-. Me refiero, por supuesto, a S.S.M.M. los Reyes Magos de Oriente. Alguna vez debí de tener algo tierno, creo, alguna infancia, pues algo de eso me evocan estos días y estos seres. Los Reyes Magos han existido desde siempre, y para mí esto es indudable. Para saberlo no tengo que apelar a ninguna fe, ni creencia, ni religión.
Desde aquel niño que fui hasta este hombre, he conocido otros reyes con los que también he hecho migas, como los de los naipes, por ejemplo. En el tute aprendí a cantar, con ellos, las veinte y las cuarenta, y ya sabrán ustedes que yo soy muy de cantar. Más tarde, con el mús, que es lo más parecido a una religión que practico, estreché lazos con estas monarquías menos solemnes, más al uso. Porque los reyes tienen una gran importancia en este juego, pero - y esto es lo bueno- no son imprescindibles para ganar las partidas.
Estamos en momentos de alza para las monarquías, especialmente para la nuestra, que goza de simpatías populares desde hace ya tiempo. Yo, que en modo alguno soy monárquico- más bien de los que no quieren amos, ni reyes, ni dioses-, tengo que decir que lo que detesto especialmente son los “reyezuelos”, ésos que te encuentras en todos los ámbitos de la vida. Cuando alguien dice que sus hijos son los reyes de la casa, está hablando de la tiranía de la infancia, ésa por la que se consiente todo a un hijo y se le dan por buenos todo tipo de atropellos. Del mismo modo, cuando una señora afirma tratar a su marido “como a un rey”, podemos entender que está colaborando en perpetuar gran parte de los antiguos vicios machistas. Y si es el marido quien pretende que “la tiene como a una reina”, es que piensa que ella es un florero que se conforma con tener alguna piedra en el joyero y una piel exótica en el armario, lo cual muchas veces es, lamentablemente, cierto. Cuando alguien se autoproclama “el rey del mambo”, está cantando que es un petimetre pedante que cree ser el mejor en alguna pequeña o gran parcela de su vida. El rey de la selva es un animal que todo lo que hace es vaguear, dormir, descuidar a la prole, mientras las hembras de la manada van de caza y alimentan a sus cachorros.
En política estamos poblados de “reyezuelos”, incluso entre los más republicanos. Son reyes inconsistentes, transitorios como todos los reyes, pero éstos carecen además de la noble estirpe que sus ínfulas exigirían; en otro artículo he hablado de uno de ellos. Son los que nos amenazan con sus parcelas de poder y sus maniobras del miedo. Suelen estar en connivencia con otros monarcas de las finanzas, e incluso a veces los de las finanzas son ellos mismos. A veces son “reyezuelos” de comunidades, de municipios o ciudades, que han olvidado que llegaron a su trono por decisión popular, y hacen lo que les viene en gana sin miramientos ni el mas mínimo pudor, que los escrúpulos son cosa de pusilánimes.
Si, como yo, ustedes piensan que no vale todo; que la infancia no es la patente de corso con la que pasarse los límites por la entrepierna; que hay que acabar de una vez por todas con la predominancia de los valores masculinos o con la infatuación de las modas y modelos del consumo… o, simplemente, que es un disparate el hecho de que alguien, por el color de su sangre (…¡roja! ) tenga ganado el derecho de subvención pública para el resto de sus días, digan que no, que vale ya de reyes o “reyezuelos” que nos tiranicen; pero ni en nombre del amor, ni de la simpatía, ni de las obligaciones. Y díganselo a quien ustedes quieran.
Dejemos que las monarquías ocupen su perfecto lugar; el de lo mágico, lo lúdico; el las ilusiones de todos los que una vez soñamos con un tren eléctrico que nunca llegó; el de la emoción del que espera, en cada mano, que alguien le dé los tres reyes y el as para envidar sin miedo a “la mayor”, y meter órdago al “juego”. Aunque siempre aceche “la real”: ésa jugada que, a pesar de su nombre, sin un solo rey, en cualquier momento, nos puede llegar a joder la partida.

