COMISIONES Y PATRIMONIOS

El patrimonio, más allá de que el lenguaje común lo defina como el conjunto de bienes y obligaciones que una persona o ente posee o adquiere, tiene que ver básicamente con aquello que queda, que permanece, que va siendo presente como goce. Se refiere, pues, no tanto a la propiedad como al disfrute que de ella se va haciendo, de generación en generación. Al hablar de que algo es patrimonio de la humanidad nos referimos a que ese algo está destinado al goce de todos los seres humanos. Resulta obvio que no podemos poseer la Amazonía. Pero sí podemos beneficiarnos de ella, aunque no la hayamos visto jamás, porque respiramos el aire que ella purifica, y nos mojamos con las lluvias que provoca. Son fuentes de disfrute que a todos nos atañen.

El patrimonio artístico de una nación o de una aldea es un bien que a todos nos importa, no solo por el disfrute que nos procura, sino también porque es testimonio y constatación de que los individuos estamos ligados por muchas cosas comunes, por una historia, un presente y seguramente unas expectativas de futuro. Valga como ejemplo el mismo “Puentecillas”. Ahí está desde hace unos dos mil años, contemplando el devenir de los tiempos, desde que los romanos comunicaron con él las dos márgenes del río Nubis y lo dejaron ahí, para que todos los que en la ciudad vivían pudieran pasar de orilla a orilla. Hasta aquí, de Perogrullo. Ahora, ¿qué ocurre cuando se delega en una institución el cuidado de tal o cual patrimonio? A menudo aparece un conjunto de listos oficiales que presumen superar en interés a aquellos ciudadanos que lo utilizan para comunicarse. Y les dicen que ellos ya no pintan nada en la tarea de cuidarlo, ni en la de decidir cómo se conserva o cómo se disfruta. Luego viene la inevitable y desinteresada entrada en escena de los mercaderes, de los que tienen algo que ganar con el asunto de los que cruzan el río. El siguiente paso es, lógicamente, el pacto entre el mercader y la institución de turno, que es quien pone la imagen de “esto es por el bien de todos, bien del cual nada entendéis”, para blanquear con ella los intereses del poderoso, a cambio quién sabe de qué. Y por fin, juntitos y en armonía, deciden llevar a cabo cualquier tipo tropelía, a expensas de los que cada día atraviesan el puente.

Antigua sede del Banco de España, en la calle de la Cestilla: entre los Cuatro Cantones y la Iglesia Virgen de la Compañía. Yo no sé cuánto de valor patrimonial o artístico tiene este edificio según la comisión de listillos de la institución que de él se encarga, pero sí sé que me parece una construcción digna y muy bien adecuada a su entorno. Y además tiene una historia: en ese mismo lugar, antes existió una cárcel, en la que se hacía llegar, en “cestillas” atadas con cuerdas, la comida que les llevaban a los presos sus familiares, hecho que dio origen al nombre de la calle. Tampoco sé muy bien lo que quieren hacer alli. Creo que va a ser la sede de los nuevos juzgados. Sé que cuando paso y veo lo que van haciendo, me gusta más bien nada: han destrozado el frontal de la puerta de entrada y los vierte aguas de las ventanas. Lo han llenado todo de rastreles de aluminio, y no entiendo con qué finalidad… No sé. No puedo evitar imaginar a la puñetera Comisión de Patrimonio, con todos sus listos oficiales y seguramente con intereses que ya ni me molesto en recrear. Van a volver a hacer lo que se les pase por la entrepierna, sin mirar para atrás, que es de cobardes, y sin prestar el menor oído a lo que los ciudadanos piensan de lo que se hace con lo que les pertenece como disfrute. ¿Y nosotros? ¿Qué podemos hacer ? A mí, de momento, se me ocurre compartirles mi disgusto indignado y mi queja, y pedir que lo paren, decir NO. Que la comisión de listillos me la trae al pairo. Les invito a acercarse a visitarlo, -porque algo mío también es-, y a ponerse al día, si aún no lo han hecho, de la torpeza (por definir el hecho con mucha benevolencia) y el destrozo que se está cometiendo con este edificio, que era y es de todos. Y les invito también a sopesar, después, si quieren consentir que se vapulee así uno de los “mandados” que nuestra historia nos deja, o ponerle esta vez – y que, por favor, sí que sirva de precedente - coto al vandalismo oficial.

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Y así cuando se puede.

Creí que me había equivocado, luego pensé que estoy bien aquí, en mi nube azul: todo es como yo lo he inventado y la realidad trozos de cristal, la gente solo ha de irse clavando.
Por favor, no me empuje, no voy a ceder. En mi nube estoy bien, no quiero convencer.
Me resulta tan claro todo lo normal. Me tropiezo y me caigo y así sin parar.
Creí que me había equivocado, luego afirmé: Que estoy bien aquí en mi nube azul con tó lo que a mi me ha pasado. Y sin ser final ni tan subnormal ya veis que me sigo levantando.

Un abrazo, Mario.

Un Comentario


VIRTUDES O NOMBRES DE MUJER

Lo que les voy a contar se me ocurría después de una Semana tan pía, en la que un día presencié, ¡¡¡les juro que por accidente!!!, una procesión. En el cortejo, acompañando al Sacro Paso, además de los encapirotados cofrades, marchaban diligentes unas damas con peineta y mantilla, símbolo de la devoción y la virtud femenina e hispana.

Fe, Esperanza y Caridad. Son nombres de mujer, y también las llamadas virtudes teologales, muy consideradas en un medio social como este, que proviene de una cultura judeocristiana. Yo, francamente, nunca he entendido bien el porqué de tanta valoración de ninguna de las tres, salvo por el hecho de que comparten nombre con unas conocidas de un tío mío, bastante majas. La Fe, para empezar, es el mejor instrumento para detener, cuando no atrofiar la parte más vital del pensamiento propio. Esta sólo puede vivir insertada en la duda, en la sospecha que suscita esa pregunta siempre tan necesaria para la verdadera evolución personal: “¿Y si no fuera eso?”.  La Fe aparece por todas partes ofreciéndonos cancelar la feliz inquietud, tentándonos a dejar que nos meen la pólvora. Y luego, La Esperanza. Es una suerte de parálisis, de stand-by, de eterna e impotente confianza; un disolvente que desconecta  en nosotros el cable que une la acción con la trascendencia, la reflexión con el hallazgo, el trazado de nuestros pasos con el camino resultado y la marcha de nuestras vidas.  La esperanza desdibuja nuestro protagonismo, y también la responsabilidad que tenemos en las consecuencias de nuestras grandes y  pequeñas caricias, así como en las atrocidades que, de uno en uno, de día en día, vamos cometiendo. Renunciamos a la soberanía y a esa capacidad nuestra de acertar o incluso equivocarnos, esperando que el tiempo todo lo arregle,  que alguien o algo solucione o redima la injusticia. Algo como el paraíso compensatorio, la justicia divina, el infierno de los malos malísimos…Casi como si una lotería cósmica fuera a venir a otorgarnos, por ejemplo, una restauración de la capa de ozono.

Y, cómo no, la Caridad. Hace poco me contaba una mujer, muy sorprendida, el caso de una pareja de “mileuristas”, que ha decidido compartir su pequeño piso y sus sueldos, considerando y calculando que pueden hacerlo, con cuatro inmigrantes. No es un alquiler, ni un negocio. Viven con ellos y comparten lo que tienen, así como aquellos también aportan, -cuando consiguen algún trabajo-, la cesta de la compra o el alquiler de una película.“La mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho donde yago”, que diría D. Antonio. La convivencia entre ellos es buena, y a ratos, regular, como pasa en todas las casas. Pues resulta que la pareja ya ha sido denunciada y condenada por este hecho solidario. Ellos, naturalmente, sostienen que con su dinero y su hacienda hacen lo que mejor les parece, y que van a seguir haciéndolo. Es irónico que si estos mismos chicos hubieran donado su dinero en “caritativo óbolo” a las Sacrosantas Hermanas Adoratrices, al Partido Ultracomunista del Copón o a la Hermandad de Donantes de Órganos en Aceptable Estado, todo hubiera quedado la mar de chulo, y nada más. La caridad entra en un sistema, ajeno, a veces, al deseo de uno, y al que pertenecen todas estas hermandades, cada una con sus peculiaridades, con sus cuotas de pleitesía y tributo, y en el que todo está bien. En cambio, la solidaridad a pelo, de tú a tú y sin pasar por caja suscita recelo, y hasta a veces, como en este caso, un imponente multón.  La caridad es esa señora bonita y buena que trabaja para los poderes sociales, políticos y religiosos –que a veces vienen a ser lo mismo- instalando, legitimando, perpetuando y engalanando la injusticia y la desigualdad. Obviamente, la Caridad no podría vivir sin ellas. A veces pienso cómo sería si consiguiéramos, ay, dejarla sin trabajo y sin razón de ser. Después de una temporadita en el paro, por bruja, (por cierto, no habría paro) igual se hacía con un huerto para cultivar, yo qué sé, hierbas aromáticas. Lo digo por darle una salida. Si la quiere, tampoco te creas que yo…

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Muy Bien

Ni de coña. Nada bien.

No sé cómo empezar, ni cómo acabar, ni cómo cagarme en $deity.

La linealidad me pide que explique que acabo de volver de fiesta. La estupidez me pide que explique que se me está olvidando todo en lo que he pensado esta semana. Simplemente recuerdo mi necesidad de escribir.

Pi, tienes razón: Mis amigas son gilipollas.

Yo creo ser el mayor idiota sobre la tierra ahora mismo. ¿Por qué tendré ideales e ideas claras sobre lo que és para mí una mujer? ¿Por qué no mejor ser uno más, inconsciente de sus mismas ideas, que avanza por una línea sin siquiera plantear si está bien?

Llevo toda la semana preocupado por ser demasiado yo. Por creer que el rol que me hace feliz es el ser como yo creo que soy con la gente que aprecio.

Si muestro aprecio a la gente, ésta se columpia. Si no, no se acerca.

Si respeto y amo a las tías que quiero, me ven como un pilar de apoyo: pero como pilar, estoy inerte y seguiré en pié impasible hasta el fin de los tiempos.

Si no, me ven como uno entre muchos, sin más distinción.

Es entonces mi papel ser un puto cabrón sin más, ¿es esa mi felicidad?

Creo firmemente (fuera egos) que podría estar con cualquier mujer atado a un contrato social, ya sea por mi habilidad especial de tragar mierda ajena o de ver lo bueno de las personas. Pero en mi felicidad de verlas (y verlos) a ellas felices no soy tan feliz como yo pensaba. Porque en su felicidad se vuelven egoístas y no comparten, por mucho que ellas digan que me lo deben todo.

Tengo un punto de vista distinto. Unas ideas que me satisfacen. Pero los hechos, gracias al libre albedrío, acaban por desilusionarme al completo.

Yo soy el primero que dice que para vivir en un mundo mejor, primeramente hace falta creérselo. Pero estas hostias me hacen pensar.

Y tener que observar que mujeres que ansían ser libres necesitan sentir la presión del contrato social para ofrecer sexo a otros, sólo me provoca náuseas y me recuerda que vivimos en una sociedad machista. Que no existiría el hembrismo sin el machismo. Que la gente no sabe elaborar un camino sin odio, que las mujeres tienen miedo del camino que les queda por delante y solo se imaginan uno contra los hombres, o el mismo de los hombres con un cambio de roles.

Pero esta postura no es solo acusable a las mujeres, en general el ser humano se presenta poco imaginativo al ser dominado por distintas corrientes económicas y sociales. Así Aristóteles definía que los gobernantes y las personas objetivas tenían que ser del pueblo medio, ya que el pueblo llano sólo observaba mejora en sus vidas mediante la expropiación de su camino a los ricos y éstos mediante la garantía de sometimiento del pueblo llano. Así pues la clase media, sin envidia aparente y libre para forjar un camino propio era el indicado para gobernar.

No sé si serán los gays, no sé si serán las lesbianas, no sé si serán los futuros niños.

Pero un niño del presente, que está harto de machismo se siente ofendido cuando se lanza propaganda feminista en su contra, pues él no es ni el machista al que va dirigido ni la mujer que lo lanza. Pero tampoco es “la clase media” de mujer destinada a ‘crear creativamente’ el nuevo camino, el nuevo futuro para la sociedad femenina.

Así pues, me declaro niño perdido entre los fuegos cruzados de machismo, hembrismo y feminismo (pondría enlaces directos a la wikipedia, pero los editores tienen tan poco claros los términos y futuros de estos terminos como yo) y busco iluminación para no perder mi posición, encontrar sexo placentero sin tener que renunciar a mis ideas y a lo que me hace ser el HOMBRE que soy.

Atentamente, Mario: Viva persona y fanático del sexo y la libertad.

—Como siempre, el análisis del problema no es la solución, es solo el principio.

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LAS NOBLES DAMAS

Rica cena familiar el último sábado. Yo, invitado ajeno al clan, observaba. Aniversario, risas, cantos… Y bailes divertidos, y, ¿por qué no?, voluptuosos.  Estaban todos. Y, por supuesto, todas. Los abuelos, los niños que jugaban entre las piernas de los comensales, tíos y sobrinos. También cuñados, muchos cuñados. Si les hubiera visto alguien sensato hubiera pensado: “¿Qué harán estos niños levantados a las doce de la noche?” Disfrutaban. Sencillamente, disfrutaban y aprendían de una familia en la que es habitual que la abuela o la cuñada tome el relevo del abrazo, y al grito de “¡vente con la abuela!”, o “¡ven con tu tía!” les enseñen y les transmitan que los lugares de cobijo afectivo no son tan limitados, y que cuentan con una grey.

Hoy de nuevo quiero hablar de las nobles damas. De las damas con mayúsculas. No me estoy refiriendo a las colipoterras de hombros engalanados con visones y astracanes que van a los hospitales de beneficencia a hacer sonar su pedrerío; estas rabizas limitaron su existencia a ser las mujeres de un poderoso y a colaborar con un sistema depredador y una educación para el vasallaje. Me refiero a otras nobles damas. A ésas que, con su deseo y su tesón hicieron y hacen posible un mundo donde protegerse de tanto atropello. Nobles damas que, en su condición de eternas pluriempleadas, atienden y educan a sus hijos, cuidan de sus padres y faenan en los más variados tajos:  dirigiendo una empresa, cobrando en la caja de una gran superficie, curando heridas en un hospital, conduciendo un camión, poniendo copas hasta las tantas… aguantando como pueden un grado de exigencia social y unos valores machistas que, además les imponen el hacerlo sin protestar, radiantes y hermosas, perfectamente maquilladas, y apretar los dientes ante la estúpida frase que muchas veces escuchan en su propia casa: ¿no queríais la igualdad?. Durante siglos las mujeres han asumido con maestría labores esenciales (que ahora el estado empieza a asumir como propias, creando residencias de ancianos, guarderías…) mientras los varones de la casa se entretenían en las cruzadas, en cualquier cruzada que les permitiera  pararse a tomar una jarra de vino de vuelta al hogar, limpiándose los espaldares y los yelmos.

 La misoginia es un sentimiento universal. Pero somos (y digo somos) los varones, - hasta los más progresistas-, los más tolerantes con este sistema injusto y perverso, aunque no los únicos. Esta historia no es de igualdad. Porque se ha instalado la mayor de las desigualdades, que consiste en que “ellas” siempre tengan que demostrarlo todo; en lo social, en lo político, en el trabajo…  hasta en la cama. Pareciera que siempre están en tela de juicio, aunque les avalen siglos de encargarse de las cosas que tenían importancia; se ocuparon de crear un tejido que albergara y garantizara la existencia de todos los que les iban a suceder. ¿Y nosotros? ¿Hemos dejado alguna vez de creernos imprescindibles?  ¿Hemos dejado alguna vez de pensar, aunque sea en bajito y en la intimidad, que somos el copón? Alguna vez he oído a una dama explicar, con la mayor de las humildades, que sólo rompe platos el que los friega; o que una mujer, cuando quiere a un hombre, le quiere, le cuida, y punto, mientras él, henchido de petulancia, se empeña en levantarle una estatua o en convertirla en reina, cosas que muchas veces a ella no le gusta ni un pelo, (entre otras cosas porque sabe que ni la corona ni la estatua son para ella, sino para la propia madre del amado). Y además, ¿a quién le va a apetecer ser estatua o ser reina?

¿Nos tendrán que mandar al colegio a todos? ¿No nos queda un montón de asignaturas pendientes que cursar? No me olvido de que en esta concepción también ellas necesitan un paseo por la escuela para aprender a decir: “vete con tu abuelo”, o “que te coja tu padre, que también existe”. O “Hoy, la jarra de vino me la tomo yo. A vuestra salud. O tal vez no”.

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