Buscando por Enero de 2009
SER MADRE
Por jlmellado el 30 de Enero de 2009
Resulta un poco insólito que yo me ponga a escribir sobre algo que en principio me cae tan lejano e incomprensible como es el hecho de ser madre; así que trataré de hacerlo acerca del único aspecto con el que me puedo permitir una licencia semejante: la función de madre. Y lo hago desde el respeto y la admiración a quienes representan más a menudo tal función; las mujeres, las que son madres. Porque no siempre ese puesto lo encarna la madre biológica o adoptiva; muchas veces tal papel lo desempeña, puntualmente, el vecino del quinto, la panadera, o el mismo padre.
Ser madre trasciende al hecho biológico; está por encima de lo que una insistente biología nos presenta como un asunto, muchas veces, de puro azar. Ser madre compromete instancias complejas, lugares que permiten que el ser humano se perpetúe con cierta dignidad y un mínimo de seguridad y coherencia. Roff Carballo dice que el ser humano es un ser “biuterino”, en la medida en que pasa de un útero materno a otro social. Yo sin embargo, creo que ese útero social del que Carballo habla, está encarnado, en primera instancia, también por la madre, por el mismo personaje que lleva, como prolongación de su ser, de su anatomía, y durante nueve meses a ese cachorro humano. Ser madre no es un hecho fácil, es de una extrema complejidad. Ser madre requiere, de entrada, un deseo, que transita por todo el ser mujer. Se es hijo de un deseo inconsciente que, a veces, coincide con una expectativa de la conciencia. Pero es fundamental entender que no existen hijos no deseados. Ser madre requiere un esfuerzo y un nivel de trascendencia únicos, a la vez que unas cuotas de goce, de aprendizaje y de satisfacción inauditos. Ser madre implica dar más importancia a la vida de un hijo que a la propia,.lo cual es, paradójicamente, un acto de afirmación personal, de deseo individual y de protagonismo inigualable…, aunque se nos haya presentado como forma de única generosidad, de amor desinteresado..
Ser madre viene dado en las más diversas maneras de lazos; desde los más simples y anudados a lo natural-biológico, como la nutrición o la protección, a los mucho más complicados, como la transmisión del amor y el erotismo, o la de la separación o certeza de la muerte. A partir de esa primigenia relación dual, ocurre también la incorporación del tercero, la aparición de la función paterna. Se podría decir que es la madre la que presenta al padre y le hace tal, incluyéndole en el difícil trance de los límites y de la grey: la pertenencia a lo igual y la presencia de un Nombre que inaugurará la posibilidad de lo diferente.
Ser madre convoca todas las instancias que nos anudan a la historia, a la biografía y a la cultura: desde la mitología a la naturaleza, desde los personajes de cuento a las flores de los campos, los paseos en bici y las frías aguas, el estruendoso ruido y el dulce son, las comidas rechazadas y los manejares añorados, el plácido sueño y el llanto desgarrado, la risa desmedida y los primeros aleteos de las manos… pero no como algo cursi, ni ñoño, sino como algo vital e imprescindible para convertirnos en sujetos. He escuchado muchas veces la frase esa de:”qué suerte tienes con tus hijos”. No, señores, no es una cuestión de suerte, no es fruto del puro azar; es la insistencia de mujeres (algunas que yo conozco y de las que doy fe) que han invertido su deseo y su dedicación a lo incondicional de esa función. El resultado se evidencia cuando uno contempla hijos tan maravillosos que son capaces de disentir, de equivocarse, de sostener su imperfección y sus dudas, sabiendo desde su fuero interno que lo son porque un deseo de ser madre lo permitió.
Mi gratitud, mi absoluto respeto y mi admiración a esas mujeres.
“Menos tu vientre todo es confuso… menos tu vientre todo es oculto… menos tu vientre todo es oscuro. Menos tu vientre claro y profundo” (Miguel Hernández)
MONARQUÍAS
Por jlmellado el 17 de Enero de 2009
De todas las monarquías que conozco, a mí las que siempre han gustado son ésas mágicas que vienen en Navidad –aunque no le perdono a ésta que usurpara en su día el tiempo y el protagonismo al antiguo rito pagano de la celebración del “Solsticio de Invierno”-. Me refiero, por supuesto, a S.S.M.M. los Reyes Magos de Oriente. Alguna vez debí de tener algo tierno, creo, alguna infancia, pues algo de eso me evocan estos días y estos seres. Los Reyes Magos han existido desde siempre, y para mí esto es indudable. Para saberlo no tengo que apelar a ninguna fe, ni creencia, ni religión.
Desde aquel niño que fui hasta este hombre, he conocido otros reyes con los que también he hecho migas, como los de los naipes, por ejemplo. En el tute aprendí a cantar, con ellos, las veinte y las cuarenta, y ya sabrán ustedes que yo soy muy de cantar. Más tarde, con el mús, que es lo más parecido a una religión que practico, estreché lazos con estas monarquías menos solemnes, más al uso. Porque los reyes tienen una gran importancia en este juego, pero - y esto es lo bueno- no son imprescindibles para ganar las partidas.
Estamos en momentos de alza para las monarquías, especialmente para la nuestra, que goza de simpatías populares desde hace ya tiempo. Yo, que en modo alguno soy monárquico- más bien de los que no quieren amos, ni reyes, ni dioses-, tengo que decir que lo que detesto especialmente son los “reyezuelos”, ésos que te encuentras en todos los ámbitos de la vida. Cuando alguien dice que sus hijos son los reyes de la casa, está hablando de la tiranía de la infancia, ésa por la que se consiente todo a un hijo y se le dan por buenos todo tipo de atropellos. Del mismo modo, cuando una señora afirma tratar a su marido “como a un rey”, podemos entender que está colaborando en perpetuar gran parte de los antiguos vicios machistas. Y si es el marido quien pretende que “la tiene como a una reina”, es que piensa que ella es un florero que se conforma con tener alguna piedra en el joyero y una piel exótica en el armario, lo cual muchas veces es, lamentablemente, cierto. Cuando alguien se autoproclama “el rey del mambo”, está cantando que es un petimetre pedante que cree ser el mejor en alguna pequeña o gran parcela de su vida. El rey de la selva es un animal que todo lo que hace es vaguear, dormir, descuidar a la prole, mientras las hembras de la manada van de caza y alimentan a sus cachorros.
En política estamos poblados de “reyezuelos”, incluso entre los más republicanos. Son reyes inconsistentes, transitorios como todos los reyes, pero éstos carecen además de la noble estirpe que sus ínfulas exigirían; en otro artículo he hablado de uno de ellos. Son los que nos amenazan con sus parcelas de poder y sus maniobras del miedo. Suelen estar en connivencia con otros monarcas de las finanzas, e incluso a veces los de las finanzas son ellos mismos. A veces son “reyezuelos” de comunidades, de municipios o ciudades, que han olvidado que llegaron a su trono por decisión popular, y hacen lo que les viene en gana sin miramientos ni el mas mínimo pudor, que los escrúpulos son cosa de pusilánimes.
Si, como yo, ustedes piensan que no vale todo; que la infancia no es la patente de corso con la que pasarse los límites por la entrepierna; que hay que acabar de una vez por todas con la predominancia de los valores masculinos o con la infatuación de las modas y modelos del consumo… o, simplemente, que es un disparate el hecho de que alguien, por el color de su sangre (…¡roja! ) tenga ganado el derecho de subvención pública para el resto de sus días, digan que no, que vale ya de reyes o “reyezuelos” que nos tiranicen; pero ni en nombre del amor, ni de la simpatía, ni de las obligaciones. Y díganselo a quien ustedes quieran.
Dejemos que las monarquías ocupen su perfecto lugar; el de lo mágico, lo lúdico; el las ilusiones de todos los que una vez soñamos con un tren eléctrico que nunca llegó; el de la emoción del que espera, en cada mano, que alguien le dé los tres reyes y el as para envidar sin miedo a “la mayor”, y meter órdago al “juego”. Aunque siempre aceche “la real”: ésa jugada que, a pesar de su nombre, sin un solo rey, en cualquier momento, nos puede llegar a joder la partida.
ROUCO Y LA GRIPE
Por jlmellado el 3 de Enero de 2009
Hoy no ha sido un buen día para mí, no se por qué. O sí lo sé, pero sería obsceno contarlo aquí. Me encontraba airado, enfadado con un alguien indeterminado (o determinado, pero tampoco viene al caso nombrarlo) por alguna de esas razones que yo suelo atribuir al idiota que llevo dentro y que cada tanto hace su aparición en escena. Así que he recurrido a la conversación, al valor terapéutico de la palabra. He llamado a una buena amiga, que además es una excepcional psicoanalista, aunque ella nunca jamás predica ni lo uno ni lo otro: lo es y punto. En el curso de la conversación hemos recorrido, de la mano de nuestros respectivos idiotas, los caminos de las contradicciones, los de los odios, los del desamparo, los del amor… y por fin, hemos desembocado en el único territorio que permite cuantas licencias se puedan imaginar para con lo solemne, lo importante, lo serio: hemos entrado en el territorio del humor, en el de reírnos de todo, incluidos nosotros mismos. Le contaba que me había visitado un virus inoportuno, que ha resultado ser el mismo que le visitó a ella hace un par de días; y en esa clave que estábamos manejando, me dice: “yo creo que la culpa del virus la tiene Roucco Varela, porque ha sido capaz de insultar, denigrar, ofender a todos los que no somos miembros de la llamada familia tradicional cristiana, provocándonos tal ataque de indignación que nos ha dejado sin defensas para combatir los virus”. Después de las risas que me provocó tal ocurrencia, lo pensé mas despacio y ciertamente no me pareció tan descabellado. Resulta que ella, que sí que tiene una familia; que yo, que tengo una familia; que ambos, que hemos disfrutado de nuestros hijos, que hemos consumido horas, días, años en sacarlos adelante, resulta, digo, que una vez más somos satanizados por no pertenecer al club de los elegidos. Lo más curioso fue ver cómo Monseñor -con todo su capelo cardenalicio, investido del boato y puesta en escena que, como nadie, maneja la Iglesia Católica, y arropado por un montón de suboficiales vaticanos-, proclamaba las inmundicias del matrimonio homosexual y la lacra del aborto, apelando para ello a “la creación”. ¡¡¡El mito de la creación, a la historieta de Adán y Eva, sigue siendo utilizado para ilustrar y justificar con él la única decencia en la familia cristiana!!! Si casi viene tan a cuento como el de Caperucita y el Lobo.
Las fotos de la sacrosanta manifestación están, además, pobladas de gentes de hábitos: monjas, curas, frailes (entre otros miles de personas, ya lo sé) que nada saben de cuidar a sus hijos, llevarlos al colegio, de educarlos, de ponerles límites.
Monseñor, con el debido respeto, (o sin él, usted tampoco me lo muestra con sus declaraciones): no me dé lecciones sobre familias; que vengo de una numerosa; que vengo formando junto a mi compañera la mía propia desde hace treinta años; y usted no se ha desvelado ni una jodida noche por un coliquillo; ni por el primer diente; ni por el primer disgusto ni el primer amor; ni por un control de “cono” o de “mate”. Yyo sí. Y muchos millones de ciudadanos,, que tienen que hacer números para poder vestirlos y comprarles libros.
Los hijos de las familias de que yo le hablo, al final, acaban dando importancia a cuánto se les ha querido; les interesa si quienes lo han hecho tienen o no diferentes órganos genitales; se ocupan de ver que las madres o padres que se hicieron cargo de ellos estaban ahí permitiéndoles ser personas en cada leche templada y en cada canción, -que diría Joan Manuel-, aunque nuestra entrega a ellos nunca haya tenido por meta el reconocimiento manifiesto, pues su vida es el único bien que, como padres, nos honra y legitimiza. Algo que usted no está en disposición de añorar siquiera.
No seré yo el que le diga que usted no pueda manifestarse por la familia cristiana, en contra del aborto y de los matrimonios homosexuales. Hágalo; está usted en su estilo: y yo en mi derecho de protestar contra su intolerancia, su falta de respeto, su maledicencia y su descalificación. Ycontra el fomento del odio, el clasismo, el fundamentalismo, que para mí significó su sermón. Por mucha mitra, anillo y báculo que usted lleve, ¡¡¡ande y váyase usted por lo segado, tío maleducado!!!
A ver cómo me curo yo ahora la gripe… con Antirouquina me va bien … y riéndome; riéndome hasta de mi sombra.

