Point-of-Inflexion
Por Mario el 14 de Septiembre de 2009
Últimamente mi vida ha ido bastante bien servida, viento en popa: No quiero decir que estupendísimamente, pero muy bien servida de vida, de eventos, de encuentros, de risas… De todas esas cosas que suelo decir que evitamos que nos pasen por miedo a que salgan mal.
Pues bien: han salido bien, han salido mal y al final, soy feliz. Ahora mismo no reboto de alegría, pero me siento vivo de narices.
Durante la época de exámenes, la cual es, por definición, alienante, he conseguido llevar un ritmo de vida bastante divertido, interesante e incluso mágico.
‘Descubierto he’ un grupo que ya tenía por el cerebro dando vueltas y que ahora se me ha metido hasta los calzoncillos: Blink-182. No es un grupazo, o sí. Pero lo importante es que me ha acogido de puta madre mientras yo me abstraía en mis ciencias, palabras y esquemas. Y cuando levantaba la cabeza, ya fuese por dolor de cuello o ganas de comprobar que la realidad seguía en su sitio, esta música le daba un especial sentido y una continuidad a todo lo que estaba haciendo yo allí en solitario y a todo lo que estábamos haciendo los estudiantes allí en conjunto.
Todos juntos luchando por quitarnos asignaturas y exámenes de encima, algunos intentando aprender algo por el camino, pero todos dando nuestras neuronas y nuestro cuerpo por escapar de ello y volver a tener tiempo para vivir, para reír, para sentir, para ladrar, jugar y cantar ya sea borrachos o ebrios por alcohol, felicidad o vida.
Al final los exámenes de septiembre resultaron provechosos: me plantaron un 8 y un 7′6 que yo aclamé y exhalé al conocer. Ahora mismo me pregunto si de verdad tenía esa nota: En general hubo notazas y es algo que siempre me escama: la ‘caja negra’ de este sistema de evaluación: De vez en cuando hay mega-notas y de tanto en cuanto no aprueba ni el tato. Y claro, como parte del pópulo, me cuesta mogollón pensar que somos una sociedad de hormigas tan síncrona que para febrero no estudiamos nada y para septiembre nos dejamos los cuernos, cuando la otra opción es pensar que ellos tienen unos cupos y unas cifras que ‘mantener’ y a ello se dedican, remarco, a ‘mantenerlas’.
Pero bueno, eso no es lo que me preocupa ahora. Tengo que elegir y planear los siguientes 9 meses de mi vida, que de primeras, planeo que sean 9 y no 10, ‘es decir que yo digo que:’ a ver si este año me fumo todas las asignaturas y no dejo ninguna para septiembre. No como promesa, no odio septiembre, pero con miras a ampliar un poco más el verano y poder programar un mes más de cosas que quiera hacer. Que tengo un baúl lleno y una cabeza que no para de meter más.
Y a ritmo de ese mismo grupo vuelvo hacia casa en un autobús con ganas de organizarme este nuevo año de estudio y diversión: autodidactismo y risas a mogollón.
Y sin un final más rimbombante ni desenlazante, porque esto no acaba y siempre empieza:
Un saludo. Mario Tejedor González
LAS VIEJAS CONSIGNAS
Por jlmellado el 27 de Junio de 2009
No tengo muy claro si las peores consecuencias de esta crisis, generada por los perversos magos de las finanzas internacionales, son las económicas. Sé que puede resultar obsceno un cuestionamiento así para quien no tiene trabajo ni techo, pero más obsceno me resultaría no enunciar lo que a mí me parece verdaderamente dramático y peligroso. Me refiero al miedo. Ese miedo que abre el camino de las servidumbres más férreas.
Los poderosos sin escrúpulos, que, repito, nos han precipitado en el colapso financiero, ahora nos dicen que tocan tiempos de escasez, de agarrarnos a lo que sea. En este escenario de pánico, de amenazas y de –según ellos- tremenda trascendencia, se nos invita a ofrecer la yugular para que puedan proceder a la extracción de nuestra sangre toda, salvo la necesaria para seguir siendo esclavos. Suponen que los desheredados aceptarán cualquier oferta para llevar el pan a sus hijos, incluida, cómo no, la de la pérdida de la dignidad y de la capacidad de revelarse y decir no. La crisis abre la puerta a la esclavitud y, peor aún, a de la insolidaridad y la desconfianza. Porque cuando ellos, con sus graneros repletos, nos dicen que sólo hay pan para unos pocos, a los demás nos da por matarnos por conseguir unas migajas y aniquilar a cualquier hermano que se acerque, con las excusas abominables que siempre utilizó la xenofobia: “¡que se vayan a su tierra, que nos quitan el trabajo y el pan!” Ellos no nos quitan nada. Ellos sólo tienen otro color de piel, y otras palabras para nombrar a la misma hambre y al mismo miedo. Los que nos arrebatan el pan y la sal son otros, y son los de siempre.
Hay consignas que no se pueden ni deben olvidar, viejas, eternas consignas. Y menos aún cuando el miedo acecha. Precisamente ante el pánico y lo desconocido se pone especialmente de manifiesto que somos los únicos dueños de nosotros mismos. Y responsables de no parecer un pelo más tontos de lo que cada uno somos, ni tan olvidadizos como algunos pretenden. El poder siempre ha necesitado encizañarnos a unos contra otros para tenernos ciegos y cabizbajos, entretenidos en lo lesivo de los prejuicios. Pero cuando un hombre o una mujer tiene deseo de su propia vida y decide levantar la mirada y buscar semejantes en deseo y en protagonismo, los prejuicios comienzan a desdibujarse y cobran sentido algunas de las viejas consignas, dormidas en el arcón de algún sindicato colaboracionista del gran poder, como “en pie, los esclavos del mundo”
RESPONSABILIDAD
Por jlmellado el 13 de Junio de 2009
Ya he comentado alguna vez que me parece que nos usurpan las palabras, para devolvérnoslas luego desposeídas de la parte de ellas que nos pertenece y legitima como seres humanos; desposeídas de su andadura, que es la nuestra. Es como si en las últimas décadas se hubiera ido poniendo coto al uso de algunos términos, permitiéndonos manejar sólo una parte de su resonancia completa. Por ejemplo, la palabra “democracia” ha limitado su significado a: “eso que se hace cada cuatro años con una papeleta y una urna”. Son significantes desposeídos de su historia y de su propia construcción.
En el anterior artículo hablé de Psicoanálisis, para resaltar el hecho de que este pensamiento o teoría ha devuelto el protagonismo y la responsabilidad a los sujetos como ningún otro, y ninguna otra terapia.
Me han hecho comentarios al respecto de la “reponsabilidad”, y quiero precisar lo siguiente. Con esta palabra ocurrió un día algo similar a lo de “democracia”: su verdadero significado y su resonancia se perdieron, y surgieron otros, vinculados a algo muy cercano a la culpabilidad; nada más lejos de lo que yo quería trasmitir, ni de lo que supuso el advenimiento del Psicoanálisis. Responsabilidad viene del latín “responsum” y “respondere” que hace referencia a la “capacidad de responder” y también a “prometer, merecer, pagar”. Está relacionado con “spondere”, “asumir”. Esta es, dicho brevemente, la etimología de la palabra.
En el curso del tiempo se ha identificado el “ser responsable” con hacer las cosas según un modelo determinado, algo así como el de “como Dios manda”. Cuando alguien hace o dice algo no bien visto se le llama “irresponsable”. Porque no hace las cosas “como Dios manda”.
Pues yo digo exactamente lo contrario. La responsabilidad pasa necesariamente por el protagonismo, por la decisión de uno, por hacer las cosas como uno cree, puede, sabe o manda, no como lo dicta un ente tan abstracto como Dios. Y asume las consecuencias que se derivan de sus actos, aunque sean errados, titubeantes… indecisos. Y no me refiero a los fatales desenlaces de aquella sentencia culpógena: “si no haces las cosas como Dios manda, ¡atente a las consecuencias!”. Uno se atiene, que para eso actúa, ¡hasta ahí podíamos llegar! El protagonismo y la responsabilidad son los caminos del sujeto autónomo y autogestionado, que es el mejor candidato a ser solidario y, sobre todo, libre. Queda dicho y firmado por mí, sin eludir una sola consecuencia.
PSICOANÁLISIS
Por jlmellado el 30 de Mayo de 2009
Como entre otras cosas, soy psicoanalista, hoy les hablo directamente de ese suceso que, sin duda, cambió absolutamente la concepción del ser humano como fue el advenimiento del Psicoanálisis. Hubo en los dos siglos pasados tres teorías de relevancia incalculable: la económica y social de Marx, la de la Relatividad, de Einstein y la del Inconsciente, de Freud. Esta última trajo la concepción de un nuevo sujeto, sexuado en todos los tramos de su existencia, y protagonista absoluto y definitivo de ella.
El pasado viernes día 22 se presentó en Valladolid la revista virtual “Psicoanálisis en el Sur”. Se contó con la intervención de tres psicoanalistas, entre los cuales yo me encontraba. En el curso del debate posterior se formularon algunas preguntas, de las que quiero resaltar dos: “¿Es adecuado el Psicoanálisis para tratar cualquier diagnóstico?”, “¿Con qué armas cuenta el Psicoanálisis para tratar un trastorno bipolar o un trastorno obsesivo compulsivo?” Mi respuesta fue y es simple: el Psicoanálisis es adecuado para todo aquel que tenga un deseo y una demanda, y que llame a la puerta de un psicoanalista para ser escuchado. Y no trata diagnósticos, ni cuadros patológicos. Sólo trata a una persona con nombre y apellidos, con circunstancias particulares y con una biografía individual, y le permite hacerse cargo de la historia total de su vida, no sólo como portador de síntomas. El psicoanálisis partió de una sospecha acerca del pensamiento científico-médico de la época, y contó con la radicalidad que supuso el sostenimiento de ésta : « ¿Y si no fuera eso? ¿Y si no todo consistiera en recibir pasivamente un tratamiento? ¿Y si el afligido, el desconcertado pudiera aportar su sabiduría como principal agente de su curación, guiado por su deseo, que no por demandas ajenas? »
El Psicoanálisis no es convencional. Es la ciencia de lo individual, en la que lo importante no son los síntomas, sino el cómo y por qué se han generado; tampoco lo son los sucesos vividos, sino cómo se ha participado en ellos. La posición del Psicoanálisis es clara : devolver a las personas el protagonismo y responsabilidad desde sus posibilidades, su deseo de hablar y ser escuchados, en medio de una sociedad que no escucha, pues tiene prisa por llegar a ninguna parte, por pagar y tener, tener para seguir pagando. Pero la deuda del saberse sometido sólo se paga con la vida o la felicidad. Yesto es lo que yo digo.
EL DÍA DESPUÉS
Por jlmellado el 16 de Mayo de 2009
El descubrimiento de los anticonceptivos orales -la famosa píldora- trajo unas importantes consecuencias, sobre todo en la sociedad occidental. El modelo tradicional de familia nuclear se modificó notablemente, por las posibilidades que abrió el hecho de que la mujer interviniera con mayor protagonismo en sus embarazos a partir de este descubrimiento. Por otra parte, el hallazgo permitió que sexualidad y procreación, dos campos unidos desde siempre por la tradición religiosa, la moral sexual y la ignorancia, quedaran desanudados, desvinculados claramente, y se entendiera de manera más contundente que la sexualidad pertenece no sólo a los que tienen la posibilidad reproductora, sino a todos los seres humanos, sea cual sea su edad y su fertilidad: niños, ancianos, estériles
Hasta ese momento, un hecho tan relevante, tan desconcertante y mágico como la maternidad era la amenaza con la que, desde esa estrecha moral, se atemorizaba a la mujer para cancelar o limitar todas sus posibilidades sexuales. Maternidad y sexualidad sólo eran tolerables si la primera era el destino final de la otra, y exclusivamente dentro del ámbito de la legalidad familiar. Fuera de él, la maternidad era la terrible consecuencia del sexo, su estigma vergonzante. La llegada de la píldora permitió la posibilidad de acabar con el miedo y la vergüenza, desarticulando en parte tales prejuicios y habilitando modos de vivir la sexualidad más libremente.
El pasado lunes día 11 escuchaba yo, en una entrevista a la nueva Ministra de Sanidad, Dña. Trinidad Jiménez, anunciar que próximamente la llamada “pastilla del día después” se venderá en todas las farmacias, sin necesidad de receta ni de ser mayor de edad. Tal medida respondía, según sus propias palabras, a la intención de acabar con los embarazos no deseados, con los “embarazos no programados”.
Mas allá de la consideración que me puedan merecer tales medidas, y para la que también cuento con la confianza en que los responsables de implantarlas se hayan apoyado en los criterios de expertos en salud que garanticen lo inofensivo de su práctica, sí que hay algunas cuestiones que hay que, por lo menos, aclarar y replantearse.
Pastilla del día “después”. ¿Después de qué? ¿Qué omitimos en ese pacto de comprensión? ¿Después de una agradable jornada sexual? ¿Después de un garrafal error? ¿Después de una invasora culpabilidad? ¿Después de un acto fallido?… ¿Después de qué?
La sexualidad compromete el deseo necesario para tal práctica, lo cual no significa en modo alguno que ese deseo sea manifiesto, claro, consciente, voluntario. Equiparar en significación lo de “embarazo no programado” con “embarazo no deseado” no sólo es un lamentable error, es además sembrar la confusión más absoluta. Para que un embarazo se produzca tiene que haber deseo. Si Dña. Trinidad o las Autoridades Sanitarias creen que deseo es sinónimo de anhelo, de ganas de… están estrepitosamente despistados, y desconocen la importancia de los descubrimientos de Sigmund Freud. Pasa exactamente igual cuando se habla de “hijos no deseados”. Los hijos no deseados no se tienen, porque un hijo siempre, absolutamente siempre es hijo de un deseo que en algún momento recorrió el ser de sus progenitores, y que además contó con el arrojo, la firmeza y, de nuevo, el deseo de una madre. Sin esto, no se nace, no se vive. Jamás un hijo es la representación de la vergüenza. Es la representación del orgullo, de la historia más hermosa jamás contada. No hablo de la mística convencional de la maternidad, hablo simplemente de la realidad de la maternidad.
Para un embarazo es necesario un deseo… inconsciente. Llevar a término ese embarazo o no, eso ya es otra cosa, y para eso no me parece mal, como método contraceptivo, la pastilla “del día después”. Después de… un ratito de reflexión, de valoración y de protagonismo individual y, fundamentalmente, femenino.

